domingo, 27 de octubre de 2013

Enfrentando mis defectos

Enfrentando mis defectos.

Cuando luché contra mis defectos, algunas veces lo hice con ligereza, otras con dureza y algunas veces hasta cruelmente. No hay guerra que se libre con respeto. Si existiera respeto por la otra parte, jamás habría lucha en primer lugar. Así que, cuando luché contra una parte de mí, también me falté al respeto. La actitud que tuve contra mis defectos también fue contra mí. Esa parte que lucha contra mis defectos, no es tan virtuosa después de todo. Por ello, muy dentro de mí, tengo suficientes motivos para no confiar en su “buen juicio”.

Enfrentar mis defectos no significa destruir esa parte indeseada de mí. El concepto erróneo de que mis defectos deben destruirse me condujo en el pasado a esa lucha fratricida, de una parte mía contra la otra. La victoria de una significa la derrota de la otra; pero ambas partes son mías. Cada batalla la gano y pierdo a la vez. Como en toda guerra, el vencedor suele maltratar al vencido y el vencido se llena de rencor y esperará el momento oportuno de volver a la lucha. Sólo con el sometimiento atroz, vergonzoso, cercano a la aniquilación -donde se anula a la parte vencida- se logra una larga tregua, tan aberrante como ignominiosa. Una victoria así no me traería paz, no me traería armonía. No quiero eso para mí. Como jamás destruí mis defectos luchando contra ellos, hoy decido dejar atrás el auto-engaño de que algún día lo lograré de esta forma. Necesito hacer algo enteramente distinto para resolver este conflicto.

Puedo sentirme tentado a dejar de lado algún defecto diciendo: “Las acciones de los demás son la causa”. Pero, si no existiera algo equivocado en mí, las acciones de otros no desencadenarían ninguno de mis defectos. No repartiré culpas, es enteramente inútil. No intentaré arreglar a los demás, es imposible. Aún cuando sea atractivo dejar la responsabilidad de mi vida en los demás, no lo haré. Me responsabilizo de mi propio crecimiento y esto implica ser responsable de mis defectos, independientemente del motivo que pueda desencadenarlos.

La primera reacción de mi niño interior ante un miedo es cerrar los ojos. Pienso: “si no lo veo no existe”; pero al abrir los ojos mis defectos siguen ahí, el monstruo sigue ahí. Entonces mi niño entra en pánico, magnifica las cosas, en este caso, magnifica mis defectos y la gravedad de sus consecuencias.. Por eso mi lucha interna se torna violenta, desgastante, desgarradora, dolorosa y cruenta.

Tanto la lucha por eliminar mis defectos, como el origen de ellos, radican en la misma clase de sentimientos: la sobrevivencia infantil. Mi niño, aún cuando ya soy adulto, intenta, desea y necesita obtener el reconocimiento, cuidados y el amor de los demás. Primero, los necesitó de mis padres, luego de las demás figuras de autoridad y hoy es de todo el mundo. Tengo miedo de ser rechazado por el mundo por mis defectos, las acciones de mis defectos e incluso tengo miedo de que los demás se den cuenta que tengo esos defectos, ya que mi niño se siente constantemente observado ya sea por los demás o por la otra parte de mí que está lista para juzgarme.

Mis defectos, por su parte, no son sino mis deseos, sentimientos y acciones infantiles que fueron reprimidos, independientemente de la validez de los mismos. La forma en que fui reprimido en aquél entonces fue la forma en que aprendí reprimirme -matizado por mi propia personalidad- y hoy la repito, pudiendo ser desde un simple rechazo a mi persona hasta una acción física violenta. Así como tengo un repertorio de defectos, también tengo un repertorio de armas para reprimirme, al menos una para cada defecto. Para explorar esto, responderé sinceramente: ¿qué hago ante la aparición de cierto defecto? ¿Me digo “no”? ¿Me rechazo? ¿Me agredo? ¿Me oculto? ¿Me avergüenzo? Observar mi reacción me permitirá detenerme antes de actuar.

Tengo miedo de que al dejar de luchar contra mis defectos, éstos me invadan. Tengo miedo a perderme, a hundirme, a quedarme atrapado en ellos, a perder el control. Es decir, en realidad tengo miedo de mí, ya que no existe amenaza externa real. Enfrentar mis defectos no significa rendirme ante ellos. Estos miedos también son desproporcionados e irracionales.

Enfrentar mis defectos significa verlos de frente, no darles la espalda. Conocerlos, no negarlos. Aceptarlos, no rechazarlos. Dejarlos “hablar” y que se expliquen. Escucharé a mis defectos como escucharía a un amigo muy querido. Mis defectos están ahí por una razón. Han servido para algo, me han dado algo para amarlos, para no dejarlos ir. Exploraré la razón por la cual fueron instalados en mi inconsciente y así podré conocerlos, entenderlos, agradecerles lo que hicieron por mí en su momento y emplear recursos nuevos, más maduros y convenientes para enfrentar las mismas situaciones que los disparan. Entonces, poderles decir: “Gracias, defecto mío. Te llamaré cuando te necesite nuevamente”. La reconciliación de mis dos partes, no la victoria de una sobre la otra, es lo que logrará la unificación de mi personalidad y, por fin, conseguiré la paz. Quiero armonía, no lucha. Quiero recuperar esa parte de mí, no destruirla. Quiero integrarme, no mutilarme.

Aún cuando dolorosa, mi lucha interna resulta cómoda, demasiado conocida y tan avalada socialmente que cuesta trabajo abandonarla. Aprendí que debo reprimirme, negarme, castigarme y en verdad he creído todo este tiempo que eso era lo correcto, eso aprendí de mis padres y de la sociedad. He tratado, activa o pasivamente, de igual forma a los demás, y lo que es peor, lo he hecho más con la gente que me importa. Acepto que mis acciones equivocadas pudieron provocar dolor en mí y en ellos y tengo la gran oportunidad de dejar de hacerlo. Aquí hay una nueva lucha entre mi ego enfermo que se resiste aceptar mi error y el daño y dolor que he causado y el amor verdadero que siento por ellos y por mí que me permite aceptar y enmendar el camino. Mi decisión es fácil, no quiero seguir jugando ese juego de falsa indignación ante los defectos que tanto daño hace. Romperé la inercia de tantos años viviendo en este auto-engaño en aras de mi verdadera felicidad y de respetar a los demás.

Para enfrentar mis defectos haré mi inventario personal de defectos. Ponerlos por escrito me permite ponerlos “fuera de mi”, aunque sea por un momento. Mi inventario requiere responder a esta simple pregunta: ¿Cuáles son mis defectos? Haré una lista para incluir todos los que pueda recordar. A esta lista añadiré los que recuerde después e incluiré, también, aquellos que -personas sensatas y que me conocen- me han dicho que tengo, aunque niego tenerlos o que no los reconozco.

No todos mis defectos los percibo iguales. Así que es voy a indicar la gravedad que percibo e ellos. ¿Cuáles considero los peores? ¿Cuáles son los que aparecen con más frecuencia? ¿Cuáles han traído las peores consecuencias a mi vida? ¿Cuáles podrían tener consecuencias que aún no han llegado o que ya empiezan a aparecer? ¿Cuáles impiden más mi crecimiento? ¿Cuáles me parecen más difíciles de aceptar que los tengo? ¿Bajo qué circunstancias salen? ¿En qué parte de mi personalidad se presentan: razón, voluntad o sentimientos? ¿Qué me digo o cómo me castigo cuando un defecto se hace presente?

Observar no es juzgar. Responderé las preguntas sin hacer ningún juicio sobre mis defectos ni sobre mí por tenerlos. Resistiré la tentación de encontrar quién más los tiene. Haré esto con la mayor objetividad que me sea posible, con compasión no auto-conmiseración, con el firme deseo de conocerme, porque mis defectos representan esa parte mía que no me gusta, que no conozco, porque en cuanto aparecen, me apresuré a rechazar. Dejaré atrás la actitud infantil de “cerrar los ojos para no verlos porque así se irán”. Quiero comprender, total, incondicional y compasivamente mi realidad. En verdad quiero conocer la verdad, mi verdad interior.

 
Enfrentar mis defectos, no los desaparecerá inmediata y automáticamente. Es mi consciencia infantil la que así lo quiere. Enfrentarlos aliviará la tensión que existe en mí. Cada defecto asumido, aceptado; pero sobre todo entendido, afloja las hebras de esa madeja tan apretada que ha sido mi realidad hasta el día de hoy. Renuncio a la prisa, a las soluciones fáciles e inmediatas, al miedo irracional de perderme en mis defectos y a culpar a los demás.

En resumen, tengo ya con qué trabajar para conocerme. Empezaré por aquellos defectos más triviales. Aquellos que puedo enfrentar inmediatamente. Poco a poco ganaré confianza en mi capacidad para aceptar mi verdad interior.

Defecto:
¿Lo percibo?
¿Me han dicho que lo tengo?
¿Es de mis peores defectos?
¿Con qué frecuencia aparece?
¿Qué consecuencias ha tenido?
¿Qué consecuencias puede tener?
¿Impide mi crecimiento?
¿Me es difícil de aceptar?
¿Bajo qué circunstancias salen?
¿Son defectos de la razón, voluntad o sentimiento?
¿Qué me digo o cómo me castigo?
¿Cómo o en qué casos podría ser útil?
¿Recuerdo algún momento en que me hayan ayudado?
¿Recuerdo en qué momento se instaló?
¿Qué alternativas tengo para usar si tuviera que abandonar mi defecto?
¿Con qué otros defectos se relaciona, con cuáles otros se presenta?

Me agradezco por cada defecto que soy capaz de reconocer y aceptar.

lunes, 21 de octubre de 2013

Mis defectos

Mis defectos.

Me lamento de mis defectos pero a la vez los amo en alguna medida. Encuentro cierto placer en ellos y ese placer es el que me impide abandonarlos.  “Soy malo”, “Soy flojo”, “no puedo superar mis defectos”, “es terrible que tenga tal defecto”. Esta clase de “reconocimiento” no implica un verdadero arrepentimiento ni mucho menos una verdadera “humildad”. Por el contrario, me genera culpas y otros sentimientos negativos que reemplazan a los sentimientos de aceptación, comprensión y compasión que deberían estar ahí. Sentimientos que podrían servirme para superarlos.
Muchas veces mis lamentos se expresan en una forma catastrófica, donde ya no hay nada por hacer para corregirlos. Esta desesperanza no es sino un autoengaño cómodo para renunciar a mi responsabilidad personal de superarlos.
Por otro lado, mientras una parte de mí –la razón- me dice que debo superarlos, otra parte -la voluntad- no quiere abandonarlos porque esos defectos están ahí por alguna razón. En algún momento de mi pasado se establecieron en mi personalidad para subsanar alguna carencia y tengo miedo de abandonarlos porque implicaría quedar tan vulnerable como aquél momento, generalmente de mi infancia, donde me hicieron tanta falta.
Si mi necesidad de corregir estos defectos proviene solo de conceptos externos, aprendidos o impuestos, de lo que debo ser o no ser, generalmente con el fin de obtener el reconocimiento y el amor de los demás, entonces no existen en mí verdaderos pensamientos, sentimientos ni deseos de cambio. Esta mentira la descubro fácilmente si tan solo observo que existen una imagen estática de lo deseable, una fuerte exigencia y, sobre todo, urgencia por cambiar.
Pero, ¿qué es lo que considero un defecto? Generalmente, me comparo contra un ideal de lo que yo debería ser. Si lo que hago, pienso o siento no se apega a esa imagen idealizada de mí mismo, entonces concluyo de inmediato que soy o estoy “defectuoso” en tal o cual aspecto. Aún cuando no existen reglas para medir ninguna de estas cualidades de la vida, me aplico –y también a los demás- mis propias reglas arbitrarias, aprendidas, injustas, neuróticas, absurdas; pero por sobre todo, falsas. Para poner en su justa dimensión mis defectos entiendo que son sólo juicios que hago.
Paradójicamente, el sufrimiento que obtengo por el juicio que me hago suele ser siempre mayor al sufrimiento que puede causar la misma cualidad que percibo como imperfecta. Por ejemplo la flojera. Por mi flojera puedo tener consecuencias negativas en la vida, pero no me causa mayor sufrimiento porque ya las espero y hasta conozco de antemano. El juicio constante que me hago sobre mi flojera, por su parte, sí me resta la energía anímica que bien podría emplear para superarla.
En el caso contrario, una característica mía la puedo considerar virtuosa, o al menos no defectuosa -cuando en realidad lo es, aunque no en el mismo sentido que le doy a los demás defectos-  también trae frecuentemente consecuencias negativas en mi vida. Por ejemplo, la bondad. Mi bondad imperfecta, mal entendida o mal empleada, frecuentemente me ocasiona consecuencias negativas y entonces me digo: “quisiera no ser tan bueno”, pero difícilmente lo digo con sinceridad puesto que esa “excesiva bondad” en realidad me llena de un orgullo del cual difícilmente quisiera desprenderme. La auto-indulgencia y el auto-ensalzamiento son, también, negaciones de mi realidad interior.
La necesidad de corregir mis defectos no debería surgir de la exigencia de conformidad con mi ideal, sin embargo, en la realidad, muchas veces así es como empiezo el camino del cambio. Otro momento en el cual siento la necesidad de realizar cambios es cuando las consecuencias negativas en mi vida pesan más que el apego a mis defectos.
Mi cambio verdadero requiere, necesariamente, del auto-conocimiento de mis sentimientos, pensamientos y deseos, tanto de los falsos como de los verdaderos, lo cual requiere de disciplina, valor y honestidad para reconocer y aceptar todo aquello que voy a descubrir en mi interior. Necesito descubrir cómo se cruzan, cómo se oponen y a veces hasta cómo se anulan entre sí mis tres fuerzas: razón, sentimientos y voluntad. Este camino es esencial para poder alinear estas fuerzas para que puedan fluir en una sola dirección, la de mi crecimiento.
Existe una variedad de ofertas de  caminos de cambio basados en acciones enteramente externas, como la repetición de aseveraciones, frases motivacionales, cambios en la alimentación, decretos, ritos y demás acciones sustentadas generalmente en aseveraciones parcialmente verdaderas. Existen, también, caminos interiores de meditación, ejercicio y oración; pero mientras evite el auto-conocimiento, jamás realizaré cambios verdaderos. Estos caminos me funcionan por un tiempo y dan resultados específicos en ciertas áreas, como ejercitar mi cuerpo o mejorar mi alimentación, pero también me han ayudado a sostenerme en momentos de crisis, lo cual puede ser suficiente motivo para agradecerles. Pero una vez que llegué al límite útil del camino en cuanto al cambio interior, volví a encontrarme muy cerca de donde empecé, incluso varios pasos atrás, ya que el fracaso del método lo viví como un fracaso personal ya que los demás participantes, y sobre todo los instructores, jamás reconocieron que tampoco a ellos les ha llevado a un cambio interior verdadero y entonces, la culpa del fracaso recayó exclusivamente en mí. Después de todo, las promesas tuvieron una salvedad expresada casi siempre como “si en verdad lo quieres” o “si tienes auténtica fe” o “si te entregas completamente”, frases que se aplicaron en mi contra en el momento que fue necesario. Después del desencanto de estos caminos, pude volver a insistir, con mayor fuerza que la vez anterior, negándome a aceptar la realidad de seguir teniendo los mismos defectos de siempre, tal vez paliados, tal vez mejor manejados, pero que seguían estando ahí. Sólo cuando las consecuencias en mi vida de esta negación constante, cuando el desencanto fue total o por alguna circunstancia especial, me permití abandonar esos caminos. Cuando no estuve listo para enfrentar mi verdad interior, opté por abrazar nuevamente otro camino similar y volví a aplazar mi descubrimiento interior a cambio de tener ocupada mi mente y mi tiempo en algo. Si acaso existió un crecimiento en estos caminos, entendí que no fue tiempo perdido sino que no tenía otra opción en ese momento, ya que mi miedo a la verdad era mayor y, por tanto, no estaba listo para enfrentar mi auto-conocimiento.
Mi camino hacia el interior debo andarlo sobre la verdad. Por ejemplo, el descubrimiento de un sentimiento falso es una verdad, aún cuando no me pueda desembarazar pronto de él. Es preferible quedarme con el sentimiento falso, cuando aún no soy capaz de sentir el verdadero, siempre que esté consciente de ello. Por ejemplo, puedo creer que necesito sentir tristeza ante la muerte de alguien; pero en realidad hay ocasiones en que no siento nada. Eso no implica que la muerte de dicha persona no me importe, pero puede ser que mis sentimientos verdaderos están reprimidos, puede ser que no asimilo aún el hecho o simplemente puedo sentirme realmente descansado o resignado. Si me obligo a sentir algo, muchas veces ese algo lo exagero como mecanismo de compensación ya que, en mi interior, no me convence y pretendo convencerme y convencer a los demás de la autenticidad de ese sentimiento. Mis muestras exageradas de afecto, tristeza, desolación y en general, mis dramatizaciones caen en esta categoría. Por el lado contrario la represión de mis sentimientos puede alejarlos tanto de mi consciencia que no sea capaz de reconocerlos, aunque siempre están ahí. De cuando en cuando, mis sentimientos reprimidos escaparán y mi respuesta será reprimirlos con igual o mayor fuerza -que la del sentimiento- para poder contenerlos. Esto es un derroche tremendo de energía y acabará por dejarme agotado. Cuando mi reserva de energía anímica para contenerlos ya es insuficiente, ya sea por el desgaste natural o por un evento exterior impactante, mis sentimientos necesariamente se desbordarán y me provocarán enfermedades, quiebres sicóticos y otras clases de problemas. La negación de la existencia de mis sentimientos, también es una mentira.
De la mentira nada bueno puede resultar. Si no me conozco, si no quiero conocerme, si me mantengo engañado acerca de mí mismo, camino sobre caminos falsos y no hay crecimiento verdadero. Por el contrario, cualquier cosa que descubra de mí, aún las que no puedan gustarme ahora, aumentarán el conocimiento de quién soy en realidad y esto me permitirá emplearlas cuando sean necesarias y guardarlas cuando dejan de serlo. Mi auto-conocimiento me permite entender que mis defectos no son partes indeseables de mi personalidad sino sólo una mala calificación arbitraria de una característica mía y que al abandonar el juicio estoy en posibilidad de emplear dicha característica en mi beneficio y de esa manera ampliar mis recursos para la vida.