Me lamento de mis defectos pero a la vez los amo en alguna
medida. Encuentro cierto placer en ellos y ese placer es el que me impide
abandonarlos. “Soy malo”, “Soy flojo”, “no
puedo superar mis defectos”, “es terrible que tenga tal defecto”. Esta clase de
“reconocimiento” no implica un verdadero arrepentimiento ni mucho menos una
verdadera “humildad”. Por el contrario, me genera culpas y otros sentimientos
negativos que reemplazan a los sentimientos de aceptación, comprensión y compasión
que deberían estar ahí. Sentimientos que podrían servirme para superarlos.
Muchas veces mis lamentos se expresan en una forma catastrófica,
donde ya no hay nada por hacer para corregirlos. Esta desesperanza no es sino
un autoengaño cómodo para renunciar a mi responsabilidad personal de superarlos.
Por otro lado, mientras una parte de mí –la razón- me
dice que debo superarlos, otra parte -la voluntad- no quiere abandonarlos
porque esos defectos están ahí por alguna razón. En algún momento de mi pasado se
establecieron en mi personalidad para subsanar alguna carencia y tengo miedo de
abandonarlos porque implicaría quedar tan vulnerable como aquél momento,
generalmente de mi infancia, donde me hicieron tanta falta.
Si mi
necesidad de corregir estos defectos proviene solo de conceptos externos,
aprendidos o impuestos, de lo que debo ser o no ser, generalmente con el fin de
obtener el reconocimiento y el amor de los demás, entonces no existen en mí verdaderos
pensamientos, sentimientos ni deseos de cambio. Esta mentira la descubro fácilmente
si tan solo observo que existen una imagen estática de lo deseable, una fuerte exigencia
y, sobre todo, urgencia por cambiar.
Pero,
¿qué es lo que considero un defecto? Generalmente, me comparo contra un ideal
de lo que yo debería ser. Si lo que hago, pienso o siento no se apega a esa
imagen idealizada de mí mismo, entonces concluyo de inmediato que soy o estoy “defectuoso”
en tal o cual aspecto. Aún cuando no existen reglas para medir ninguna de estas
cualidades de la vida, me aplico –y también a los demás- mis propias reglas
arbitrarias, aprendidas, injustas, neuróticas, absurdas; pero por sobre todo,
falsas. Para poner en su justa dimensión mis defectos entiendo que son sólo juicios
que hago.
Paradójicamente,
el sufrimiento que obtengo por el juicio que me hago suele ser siempre mayor al
sufrimiento que puede causar la misma cualidad que percibo como imperfecta. Por
ejemplo la flojera. Por mi flojera puedo tener consecuencias negativas en la
vida, pero no me causa mayor sufrimiento porque ya las espero y hasta conozco
de antemano. El juicio constante que me hago sobre mi flojera, por su parte, sí
me resta la energía anímica que bien podría emplear para superarla.
En el
caso contrario, una característica mía la puedo considerar virtuosa, o al menos
no defectuosa -cuando en realidad lo es, aunque no en el mismo sentido que le doy
a los demás defectos- también trae frecuentemente
consecuencias negativas en mi vida. Por ejemplo, la bondad. Mi bondad
imperfecta, mal entendida o mal empleada, frecuentemente me ocasiona
consecuencias negativas y entonces me digo: “quisiera no ser tan bueno”, pero
difícilmente lo digo con sinceridad puesto que esa “excesiva bondad” en
realidad me llena de un orgullo del cual difícilmente quisiera desprenderme. La
auto-indulgencia y el auto-ensalzamiento son, también, negaciones de mi
realidad interior.
La
necesidad de corregir mis defectos no debería surgir de la exigencia de
conformidad con mi ideal, sin embargo, en la realidad, muchas veces así es como
empiezo el camino del cambio. Otro momento en el cual siento la necesidad de
realizar cambios es cuando las consecuencias negativas en mi vida pesan más que
el apego a mis defectos.
Mi cambio
verdadero requiere, necesariamente, del auto-conocimiento de mis sentimientos,
pensamientos y deseos, tanto de los falsos como de los verdaderos, lo cual requiere
de disciplina, valor y honestidad para reconocer y aceptar todo aquello que voy
a descubrir en mi interior. Necesito descubrir cómo se cruzan, cómo se oponen y
a veces hasta cómo se anulan entre sí mis tres fuerzas: razón, sentimientos y voluntad.
Este camino es esencial para poder alinear estas fuerzas para que puedan fluir
en una sola dirección, la de mi crecimiento.
Existe una variedad de
ofertas de caminos de cambio basados en acciones
enteramente externas, como la repetición de aseveraciones, frases
motivacionales, cambios en la alimentación, decretos, ritos y demás acciones
sustentadas generalmente en aseveraciones parcialmente verdaderas. Existen,
también, caminos interiores de meditación, ejercicio y oración; pero mientras evite el auto-conocimiento, jamás realizaré
cambios verdaderos. Estos caminos me funcionan por un tiempo y dan resultados específicos
en ciertas áreas, como ejercitar mi cuerpo o mejorar mi alimentación, pero también
me han ayudado a sostenerme en momentos de crisis, lo cual puede ser suficiente
motivo para agradecerles. Pero una vez que llegué al límite útil del camino en
cuanto al cambio interior, volví a encontrarme muy cerca de donde empecé, incluso
varios pasos atrás, ya que el fracaso del método lo viví como un fracaso
personal ya que los demás participantes, y sobre todo los instructores, jamás
reconocieron que tampoco a ellos les ha llevado a un cambio interior verdadero
y entonces, la culpa del fracaso recayó exclusivamente en mí. Después de todo,
las promesas tuvieron una salvedad expresada casi siempre como “si en
verdad lo quieres” o “si tienes auténtica fe” o “si te entregas completamente”,
frases que se aplicaron en mi contra en el momento que fue necesario. Después
del desencanto de estos caminos, pude volver a insistir, con mayor fuerza que
la vez anterior, negándome a aceptar la realidad de seguir teniendo los mismos
defectos de siempre, tal vez paliados, tal vez mejor manejados, pero que seguían
estando ahí. Sólo cuando las consecuencias en mi vida de esta negación
constante, cuando el desencanto fue total o por alguna circunstancia especial, me
permití abandonar esos caminos. Cuando no estuve listo para enfrentar mi verdad
interior, opté por abrazar nuevamente otro camino similar y volví a aplazar mi
descubrimiento interior a cambio de tener ocupada mi mente y mi tiempo en algo.
Si acaso existió un crecimiento en estos caminos, entendí que no fue tiempo
perdido sino que no tenía otra opción en ese momento, ya que mi miedo a la
verdad era mayor y, por tanto, no estaba listo para enfrentar mi
auto-conocimiento.
Mi camino hacia el
interior debo andarlo sobre la verdad. Por ejemplo, el descubrimiento de un
sentimiento falso es una verdad, aún cuando no me pueda desembarazar pronto de
él. Es preferible quedarme con el sentimiento falso, cuando aún no soy capaz de
sentir el verdadero, siempre que esté consciente de ello. Por ejemplo, puedo
creer que necesito sentir tristeza ante la muerte de alguien; pero en realidad hay
ocasiones en que no siento nada. Eso no implica que la muerte de dicha persona
no me importe, pero puede ser que mis sentimientos verdaderos están reprimidos,
puede ser que no asimilo aún el hecho o simplemente puedo sentirme realmente
descansado o resignado. Si me obligo a sentir algo, muchas veces ese algo lo
exagero como mecanismo de compensación ya que, en mi interior, no me convence y
pretendo convencerme y convencer a los demás de la autenticidad de ese
sentimiento. Mis muestras exageradas de afecto, tristeza, desolación y en
general, mis dramatizaciones caen en esta categoría. Por el lado contrario la represión
de mis sentimientos puede alejarlos tanto de mi consciencia que no sea capaz
de reconocerlos, aunque siempre están ahí. De cuando en cuando, mis
sentimientos reprimidos escaparán y mi respuesta será reprimirlos con igual o mayor
fuerza -que la del sentimiento- para poder contenerlos. Esto es un derroche
tremendo de energía y acabará por dejarme agotado. Cuando mi reserva de energía
anímica para contenerlos ya es insuficiente, ya sea por el desgaste natural o
por un evento exterior impactante, mis sentimientos necesariamente se
desbordarán y me provocarán enfermedades, quiebres sicóticos y otras clases de
problemas. La negación de la existencia de mis sentimientos, también es una
mentira.
De la mentira nada
bueno puede resultar. Si no me conozco, si no quiero conocerme, si me mantengo
engañado acerca de mí mismo, camino sobre caminos falsos y no hay crecimiento
verdadero. Por el contrario, cualquier cosa que descubra de mí, aún las que no
puedan gustarme ahora, aumentarán el conocimiento de quién soy en realidad y esto
me permitirá emplearlas cuando sean necesarias y guardarlas cuando dejan de
serlo. Mi auto-conocimiento me permite entender que mis defectos no son partes indeseables
de mi personalidad sino sólo una mala calificación arbitraria de una
característica mía y que al abandonar el juicio estoy en posibilidad de emplear
dicha característica en mi beneficio y de esa manera ampliar mis recursos para la
vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.