Enfrentando mis defectos.
Cuando luché contra mis defectos, algunas veces lo hice con ligereza, otras
con dureza y algunas veces hasta cruelmente. No hay guerra que se libre con
respeto. Si existiera respeto por la otra parte, jamás habría lucha en primer
lugar. Así que, cuando luché contra una parte de mí, también me falté al
respeto. La actitud que tuve contra mis defectos también fue contra mí. Esa
parte que lucha contra mis defectos, no es tan virtuosa después de todo. Por
ello, muy dentro de mí, tengo suficientes motivos para no confiar en su “buen
juicio”.
Enfrentar mis defectos no significa destruir esa parte indeseada de mí. El
concepto erróneo de que mis defectos deben destruirse me condujo en el pasado a
esa lucha fratricida, de una parte mía contra la otra. La victoria de una
significa la derrota de la otra; pero ambas partes son mías. Cada batalla la gano
y pierdo a la vez. Como en toda guerra, el vencedor suele maltratar al vencido
y el vencido se llena de rencor y esperará el momento oportuno de volver a la
lucha. Sólo con el sometimiento atroz, vergonzoso, cercano a la aniquilación -donde
se anula a la parte vencida- se logra una larga tregua, tan aberrante como
ignominiosa. Una victoria así no me traería paz, no me traería armonía. No
quiero eso para mí. Como jamás destruí mis defectos luchando contra ellos, hoy
decido dejar atrás el auto-engaño de que algún día lo lograré de esta forma. Necesito
hacer algo enteramente distinto para resolver este conflicto.
Puedo sentirme tentado a dejar de lado algún defecto diciendo: “Las
acciones de los demás son la causa”. Pero, si no existiera algo equivocado en
mí, las acciones de otros no desencadenarían ninguno de mis defectos. No repartiré
culpas, es enteramente inútil. No intentaré arreglar a los demás, es imposible.
Aún cuando sea atractivo dejar la responsabilidad de mi vida en los demás, no
lo haré. Me responsabilizo de mi propio crecimiento y esto implica ser
responsable de mis defectos, independientemente del motivo que pueda
desencadenarlos.
La primera reacción de mi niño interior ante un miedo es cerrar los ojos.
Pienso: “si no lo veo no existe”; pero al abrir los ojos mis defectos siguen
ahí, el monstruo sigue ahí. Entonces mi niño entra en pánico, magnifica las
cosas, en este caso, magnifica mis defectos y la gravedad de sus consecuencias..
Por eso mi lucha interna se torna violenta, desgastante, desgarradora, dolorosa
y cruenta.
Tanto la lucha por eliminar mis defectos, como el origen de ellos, radican
en la misma clase de sentimientos: la sobrevivencia infantil. Mi niño, aún
cuando ya soy adulto, intenta, desea y necesita obtener el reconocimiento, cuidados y el amor de los demás. Primero, los necesitó de
mis padres, luego de las demás figuras de autoridad y hoy es de todo el mundo. Tengo miedo de ser rechazado por el mundo por mis defectos, las acciones de
mis defectos e incluso tengo miedo de que los demás se den cuenta que tengo
esos defectos, ya que mi niño se siente constantemente observado ya sea por los
demás o por la otra parte de mí que está lista para juzgarme.
Mis defectos, por su parte, no son sino mis deseos, sentimientos y acciones
infantiles que fueron reprimidos, independientemente de la validez de los
mismos. La forma en que fui reprimido en aquél entonces fue la forma en que aprendí
reprimirme -matizado por mi propia personalidad- y hoy la repito, pudiendo ser
desde un simple rechazo a mi persona hasta una acción física violenta. Así como
tengo un repertorio de defectos, también tengo un repertorio de armas para
reprimirme, al menos una para cada defecto. Para explorar esto, responderé
sinceramente: ¿qué hago ante la aparición de cierto defecto? ¿Me digo “no”? ¿Me
rechazo? ¿Me agredo? ¿Me oculto? ¿Me avergüenzo? Observar mi reacción me
permitirá detenerme antes de actuar.
Tengo miedo de que al dejar de luchar contra mis defectos, éstos me invadan.
Tengo miedo a perderme, a hundirme, a quedarme atrapado en ellos, a perder el
control. Es decir, en realidad tengo miedo de mí, ya que no existe amenaza
externa real. Enfrentar mis defectos no significa rendirme ante ellos. Estos
miedos también son desproporcionados e irracionales.
Enfrentar mis defectos significa verlos de frente, no darles la espalda.
Conocerlos, no negarlos. Aceptarlos, no rechazarlos. Dejarlos “hablar” y que se
expliquen. Escucharé a mis defectos como escucharía a un amigo muy querido. Mis
defectos están ahí por una razón. Han servido para algo, me han dado algo para
amarlos, para no dejarlos ir. Exploraré la razón por la cual fueron instalados
en mi inconsciente y así podré conocerlos, entenderlos, agradecerles lo que
hicieron por mí en su momento y emplear recursos nuevos, más maduros y
convenientes para enfrentar las mismas situaciones que los disparan. Entonces,
poderles decir: “Gracias, defecto mío. Te llamaré cuando te necesite nuevamente”.
La reconciliación de mis dos partes, no la victoria de una sobre la otra, es lo
que logrará la unificación de mi personalidad y, por fin, conseguiré la paz. Quiero
armonía, no lucha. Quiero recuperar esa parte de mí, no destruirla. Quiero
integrarme, no mutilarme.
Aún cuando dolorosa, mi lucha interna resulta cómoda, demasiado conocida y
tan avalada socialmente que cuesta trabajo abandonarla. Aprendí que debo
reprimirme, negarme, castigarme y en verdad he creído todo este tiempo que eso
era lo correcto, eso aprendí de mis padres y de la sociedad. He tratado, activa
o pasivamente, de igual forma a los demás, y lo que es peor, lo he hecho más
con la gente que me importa. Acepto que mis acciones equivocadas pudieron
provocar dolor en mí y en ellos y tengo la gran oportunidad de dejar de
hacerlo. Aquí hay una nueva lucha entre mi ego enfermo que se resiste aceptar
mi error y el daño y dolor que he causado y el amor verdadero que siento por
ellos y por mí que me permite aceptar y enmendar el camino. Mi decisión es
fácil, no quiero seguir jugando ese juego de falsa indignación ante los
defectos que tanto daño hace. Romperé la inercia de tantos años viviendo en este
auto-engaño en aras de mi verdadera felicidad y de respetar a los demás.
Para enfrentar mis defectos haré mi inventario personal de defectos.
Ponerlos por escrito me permite ponerlos “fuera de mi”, aunque sea por un
momento. Mi inventario requiere responder a esta simple pregunta: ¿Cuáles son
mis defectos? Haré una lista para incluir todos los que pueda recordar. A esta
lista añadiré los que recuerde después e incluiré, también, aquellos que -personas
sensatas y que me conocen- me han dicho que tengo, aunque niego tenerlos o que
no los reconozco.
No todos mis defectos los percibo iguales. Así que es voy a indicar la
gravedad que percibo e ellos. ¿Cuáles considero los peores? ¿Cuáles son los que
aparecen con más frecuencia? ¿Cuáles han traído las peores consecuencias a mi
vida? ¿Cuáles podrían tener consecuencias que aún no han llegado o que ya
empiezan a aparecer? ¿Cuáles impiden más mi crecimiento? ¿Cuáles me parecen más
difíciles de aceptar que los tengo? ¿Bajo qué circunstancias salen? ¿En qué
parte de mi personalidad se presentan: razón, voluntad o sentimientos? ¿Qué me
digo o cómo me castigo cuando un defecto se hace presente?
Observar no es juzgar. Responderé las preguntas sin hacer ningún juicio
sobre mis defectos ni sobre mí por tenerlos. Resistiré la tentación de
encontrar quién más los tiene. Haré esto con la mayor objetividad que me sea
posible, con compasión no auto-conmiseración, con el firme deseo de conocerme,
porque mis defectos representan esa parte mía que no me gusta, que no conozco, porque
en cuanto aparecen, me apresuré a rechazar. Dejaré atrás la actitud infantil de
“cerrar los ojos para no verlos porque así se irán”. Quiero comprender, total,
incondicional y compasivamente mi realidad. En verdad quiero conocer la verdad,
mi verdad interior.
Enfrentar mis defectos, no los desaparecerá inmediata y automáticamente. Es
mi consciencia infantil la que así lo quiere. Enfrentarlos aliviará la tensión
que existe en mí. Cada defecto asumido, aceptado; pero sobre todo entendido,
afloja las hebras de esa madeja tan apretada que ha sido mi realidad hasta el
día de hoy. Renuncio a la prisa, a las soluciones fáciles e inmediatas, al
miedo irracional de perderme en mis defectos y a culpar a los demás.
En resumen, tengo ya con qué trabajar para conocerme. Empezaré por aquellos
defectos más triviales. Aquellos que puedo enfrentar inmediatamente. Poco a
poco ganaré confianza en mi capacidad para aceptar mi verdad interior.
Defecto:
¿Lo percibo?
¿Me han dicho que lo tengo?
¿Es de mis peores defectos?
¿Con qué frecuencia aparece?
¿Qué consecuencias ha tenido?
¿Qué consecuencias puede tener?
¿Impide mi crecimiento?
¿Me es difícil de aceptar?
¿Bajo qué circunstancias salen?
¿Son defectos de la razón, voluntad o sentimiento?
¿Qué me digo o cómo me castigo?
¿Cómo o en qué casos podría ser útil?
¿Recuerdo algún momento en que me hayan ayudado?
¿Recuerdo en qué momento se instaló?
¿Qué alternativas tengo para usar si tuviera que abandonar mi defecto?
¿Con qué otros defectos se relaciona, con cuáles otros se presenta?
¿Lo percibo?
¿Me han dicho que lo tengo?
¿Es de mis peores defectos?
¿Con qué frecuencia aparece?
¿Qué consecuencias ha tenido?
¿Qué consecuencias puede tener?
¿Impide mi crecimiento?
¿Me es difícil de aceptar?
¿Bajo qué circunstancias salen?
¿Son defectos de la razón, voluntad o sentimiento?
¿Qué me digo o cómo me castigo?
¿Cómo o en qué casos podría ser útil?
¿Recuerdo algún momento en que me hayan ayudado?
¿Recuerdo en qué momento se instaló?
¿Qué alternativas tengo para usar si tuviera que abandonar mi defecto?
¿Con qué otros defectos se relaciona, con cuáles otros se presenta?
Me agradezco por cada defecto que soy capaz de reconocer y aceptar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.